Leyendas de Guatemala

Editorial Guia Local Guatemala

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Hay una frase que se repite en cocinas, buses y patios de toda Guatemala: «cuenta la leyenda que…». Con esas cinco palabras empiezan casi todas las historias que nos contaron nuestros abuelos para que no anduviéramos solos de noche. Aquí tienes nueve de las más conocidas, resumidas para que las leas en unos minutos y las repitas tú mismo esta noche.

En resumen: las leyendas más contadas en Guatemala son La Llorona, El Cadejo, La Siguanaba, El Sombrerón, La Tatuana, El Carruaje de la Muerte, Los Penitentes de la Recolección, El Sisimite y la leyenda del Xocomil en el Lago de Atitlán.

Ilustraciones por Luis Pedro Gonzales

Salta directo a una leyenda:


1. La Llorona

Es la que más se repite en todo el país, y también en buena parte de Latinoamérica, aunque cada región le pone su propio giro. La versión guatemalteca habla de una mujer llamada María, casada muy joven con un hombre rico que le doblaba la edad.

No fue una boda por amor, sino un arreglo entre familias, de esos que en la época colonial eran más comunes de lo que hoy nos gustaría admitir. Tuvo dos hijos con él, pero cuando el esposo murió de forma repentina, el dinero se acabó rápido y ella se quedó sola, sin oficio ni forma de mantenerlos.

Una tarde los llevó a pasear cerca de un río, según cuentan, ya sin saber qué otra salida tomar. Los metió al agua y los dejó ir con la corriente. Al darse cuenta de lo que había hecho, se lanzó ella también, pero ya no logró salvarlos ni salvarse a sí misma del todo.

Desde entonces camina de noche cerca de ríos y lagunas, vestida de blanco, con el cabello suelto y el rostro cubierto, buscando a sus hijos entre el sonido del agua y gritando «¡ay, mis hijos!». Dicen los que la han escuchado que su grito engaña a propósito o por maldición: cuando suena lejos, ya la tienes cerca, y cuando parece estar a tu lado, todavía anda a varias calles de distancia.

2. El Cadejo

Toma forma de perro grande, con los ojos como brasas encendidas y, según cuentan algunos abuelos del interior, patas de cabra en lugar de patas de perro.

Hay dos versiones de esta criatura: una blanca y una negra, casi como si el bien y el mal se hubieran repartido el trabajo de cuidar y de acechar a la misma gente. El blanco camina detrás de la gente que anda tomada o que va sola de noche, cuidando que no se caiga en un barranco, que no la asalten o que llegue completa a su casa. El negro busca justo lo contrario, y aparece cuando alguien baja la guardia.

Una de las versiones más contadas dice que el Cadejo nació de un hijo que quería asustar a su papá borracho para que dejara de beber de una vez. Se disfrazó de perro con una piel vieja, lo espantó varias noches seguidas y hasta lo hizo correr del susto más de una vez.

Cuando el padre por fin lo descubrió, furioso, lo maldijo: tendría que acompañar para siempre a todo el que caminara solo en la oscuridad, sin descanso ni excepción. Así nació el Cadejo blanco, dicen los que conocen bien la historia. No ataca si no lo molestan y prefiere mantenerse a distancia, pero si el Cadejo negro llega a lamerte la boca, cuentan que ya no sueltas el trago nunca más, por más que lo intentes.

3. La Siguanaba

Su nombre viene de tziguán, que en quiché significa «barranco», y ahí está la clave de toda la historia: su trabajo, dicen, es llevarte hasta uno y dejarte ahí. Aparece de noche cerca de ríos, pozos o pilas de agua, siempre peinándose el cabello largo y negro con un peine de oro que brilla incluso sin luna.

De lejos, es una mujer hermosa, esbelta, con un vestido claro que se mueve con el viento. El problema empieza cuando el hombre que la ve, casi siempre alguien infiel a su pareja o que anda de vago a esas horas, se acerca a mirarla mejor, atraído por esa belleza que parece demasiado perfecta.

En ese momento, cuando ya lo tiene cerca y confiado, ella voltea y muestra el verdadero rostro: para unos es una calavera reseca, para otros tiene cara de caballo, con ojos rojos y una risa que se queda grabada. El susto deja al hombre desorientado por completo y, si tiene suerte, solo pierde el rumbo por unas horas hasta que amanece. Si no la tiene, termina perdido en un barranco, sin saber cómo llegó ahí ni cómo salir.

La única defensa que menciona la tradición oral es morder una cruz o una medalla apenas se le ve la cara; dicen que eso basta para que se aleje enojada, aunque algunos aseguran que no existe una sola Siguanaba, sino varias repartidas por distintos pueblos del país.

4. El Sombrerón

No mide más que un dedo de la mano, pero anda vestido completo y con más estilo que cualquiera: traje negro entallado, botas con tacón y espuelas, sombrero enorme de ala ancha y un cinturón de plata que brilla en la oscuridad como si tuviera luz propia.

Le gustan las muchachas de pelo largo y ojos grandes, y las persigue tocando guitarra bajo su ventana durante varias noches seguidas, hasta que consigue que se fijen en él, aunque sea del susto.

En algunas regiones también le dicen Tzitzimite o simplemente duende, y hay quien insiste en que es una mezcla de las tres cosas: hombre, espíritu y demonio menor.

Cuando una joven le llama la atención, entra a su cuarto de noche sin hacer ruido y le trenza el cabello mientras duerme, con una paciencia que asusta más que cualquier grito. Con cada trenza nueva, la muchacha va perdiendo el apetito poco a poco, hasta enfermarse de verdad y quedar en cama. La única forma de romper el hechizo, según cuentan las abuelas, es cortarse el cabello antes de que sea demasiado tarde.

Si no lo hace a tiempo, el Sombrerón llega a llorar a su entierro, cada día, con unas lágrimas que la gente jura que se convierten en piedras pequeñas cuando tocan el suelo.

5. La Tatuana

Es de las leyendas más elegantes del país, con más de escape y astucia que de espanto puro.

Cuenta la historia que en la época colonial vivía una mujer muy sabia en asuntos del amor, capaz de leer a la gente con solo verla pasar. Vendía ensalmos y hechizos pequeños en la calle para que la gente se enamorara o dejara de sufrir por un amor no correspondido, y eso, en su momento, era motivo más que suficiente para que las autoridades religiosas la metieran presa acusándola de bruja.

Encerrada, pedía siempre lo mismo, sin variar nunca la lista: un pedazo de carbón, unas velas y rosas blancas frescas. Con el carbón dibujaba en la pared de su celda un barco pequeño, con detalle y calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo aunque la esperaba la muerte al amanecer.

Luego, sin prisa, se subía al dibujo y desaparecía navegando por los barrotes hacia algún lugar que nadie logró nunca ubicar. Nadie volvió a encontrarla ni a saber de ella con certeza, aunque otra versión, más triste, dice que era una mujer esclavizada que aprendió magia de su propio amo y que él mismo, ya encariñado con ella, le tatuó el barco en el brazo como salvoconducto para escapar de cualquier peligro futuro.

6. El Carruaje de la Muerte

Se escucha antes de verse: llantas viejas que chirrían sobre el empedrado y cascos de caballos negros golpeando fuerte el suelo, casi siempre pasadas las ocho de la noche, la hora que los abuelos llaman «de las ánimas».

Los vecinos de los barrios coloniales cuentan que el carruaje se detiene justo afuera de la casa donde alguien está por morir, aunque nadie adentro lo sepa todavía ni haya señal de enfermedad grave hasta ese momento.

Los caballos que lo jalan tienen el pelo brillante, casi como recién cepillado, y según algunos relatos más antiguos, los ojos les arden como dos brasas encendidas.

No hace falta abrir la puerta ni asomarse para saber que pasó por ahí: al día siguiente, la noticia llega sola, casi siempre confirmada por varios vecinos que también lo escucharon la misma noche. Hay quienes aseguran, además, que si te asomas a mirarlo directamente, el carruaje también puede llevarte a ti de una vez, sin esperar turno.

7. Los Penitentes de la Recolección

Esta se cuenta sobre todo en la zona de La Recolección, en la ciudad de Guatemala, y tiene una fecha de origen bastante concreta según la tradición: el terremoto de 1917, cuando media ciudad quedó dañada y varias familias perdieron a sus muertos sin poder darles un entierro como correspondía.

Los vecinos aseguran que, pasada la medianoche, se escucha una fila de personas caminando encadenadas, rezando en voz baja algo que nadie logra entender del todo, ni siquiera acercando el oído.

penitentes de la recolección

Son almas, dicen, que buscan liberarse de una pena antigua y que necesitan que alguien rece por ellas para poder descansar de una vez por todas. La regla que se repite de generación en generación, casi como advertencia fija, es simple: si escuchas las cadenas arrastrándose, no salgas de tu casa bajo ningún motivo.

Y si uno de los penitentes te ofrece una vela encendida, no la recibas por ninguna razón, por más amable que parezca el gesto. Dicen que al día siguiente esa misma vela se convierte en un hueso frío, y que ya no hay forma de devolverla ni de deshacerse de ella sin problemas.

8. El Sisimite

Es el «hombre montañés» de las leyendas guatemaltecas, sobre todo en zonas rurales y comunidades cercanas a los volcanes y las montañas del oriente y del altiplano, donde todavía hoy hay gente que evita ciertos senderos después de cierta hora.

Se describe como una criatura grande, cubierta de pelo grueso de la cabeza a los pies, con los pies volteados al revés, de manera que quien intente seguir sus huellas termine caminando en la dirección contraria a la que realmente tomó.

El Sisimite

Vive escondido en cuevas y montañas poco transitadas, lejos de los caminos que usa la gente todos los días.

Los relatos más antiguos dicen que roba niños o mujeres que se adentran solas en el monte sin avisarle a nadie, y que su fuerza es tanta que puede arrancar árboles de raíz sin mucho esfuerzo, solo para marcar territorio o asustar a quien anda cerca. Los campesinos que dicen haberlo visto, o al menos haberlo sentido, coinciden casi siempre en un mismo detalle: el olor.

Cuentan que antes de verlo, ya se siente un olor fuerte y desagradable, como a animal mojado y tierra removida, que anuncia que anda cerca aunque todavía no se vea nada entre los árboles.

9. La leyenda del Xocomil

Explica por qué, casi todas las tardes sin falta, un viento fuerte agita las aguas del Lago de Atitlán justo cuando el sol empieza a bajar. Antes de que existiera el lago, dice la leyenda, había tres ríos caudalosos que corrían entre los volcanes y que, sin saber muy bien cómo, se enamoraron de una joven llamada Citlatzin, hija de un cacique, famosa por su voz al cantar mientras se bañaba cada mañana en ese mismo lugar.

Ella, sin embargo, estaba enamorada de un joven plebeyo, algo prohibido para su posición y que su familia jamás habría aceptado de haberlo sabido a tiempo. Los ríos, celosos al enterarse de ese amor a través del viento, que todo lo escucha y todo lo cuenta, se aliaron entre ellos para ahogarlo mientras se bañaba tranquilamente con ella una mañana más.

Cuando Citlatzin vio que su amado se hundía sin remedio, se lanzó al agua también, decidida a no dejarlo solo ni un segundo. Los ríos, arrepentidos y furiosos a la vez por lo que habían provocado, formaron entonces una corriente tan fuerte y descontrolada que dio origen al lago tal como se conoce hoy. El viento que sopla cada tarde, el mismo que los pescadores llaman xocomil, es para muchos el mismo que sigue buscando a la pareja bajo el agua, sin encontrarla nunca del todo.


Lo que tienen en común estas historias

Casi todas comparten la misma estructura: un río o una laguna cerca, alguien que rompe una regla (infidelidad, desobediencia, un secreto) y un castigo que se repite cada noche desde entonces, sin descanso ni fecha de vencimiento.

Eso no es casualidad. Antes de que existiera radio o televisión, estas leyendas servían para poner límites concretos: no camines solo de noche, no le seas infiel a tu pareja, no te alejes del pueblo ni te adentres solo en el monte.

El miedo, visto así, era una forma bastante efectiva de educar a varias generaciones sin necesidad de un solo libro de texto.

Lo que la gente pregunta

¿Cuál es la leyenda más contada en Guatemala?
La Llorona, sin mucha competencia. Se cuenta en casi todos los departamentos, aunque los detalles cambian según el pueblo y hasta según la familia que la cuente.

¿El Cadejo es bueno o malo?
Depende de cuál. El blanco protege a quien camina solo de noche; el negro busca hacer daño. La tradición dice que hay uno de cada color, cuidando o acechando por turnos.

¿De dónde viene la leyenda del Sisimite?
Se cuenta sobre todo en comunidades rurales del oriente y del altiplano, cerca de montañas y volcanes, y comparte rasgos con otras leyendas centroamericanas de «hombres salvajes» de la montaña que también protegen o vigilan el territorio.

¿Conoces alguna leyenda de tu pueblo que no esté en esta lista? Cuéntanosla en los comentarios, capaz aparece en la próxima actualización de este artículo.